escribir sin saber si alguien lo va a leer

Escribir sin saber si alguien va a leer

¿Para qué escribir cuando no sabes si alguien va a leer?

No es una pregunta literaria. No sirve para una charla ni para una solapa. Aparece en otro sitio: frente al documento en blanco, frente a una frase que no se sostiene, frente a la decisión de seguir corrigiendo algo que quizá no llegue a ningún sitio.

Escribes y no hay garantías. Ni lectores, ni editor, ni respuesta. Solo el texto avanzando despacio, página a página, sin saber si alguien lo necesitará alguna vez. O si tú mismo lo necesitabas y ya no.

Escribir sin lectores, sin validación y sin garantías

Escribir sin lectores, sin editor y sin validación externa no es una pose: es una forma concreta de estar en la escritura.

Durante mucho tiempo se romantizó esa idea. La del escritor que escribe “para sí mismo”, ajeno al ruido, libre de expectativas. Pero la realidad es menos elegante. Nadie escribe solo para sí. Si así fuera, bastaría con pensar o con dejarlo en un cajón. Escribir implica siempre un gesto hacia fuera, aunque no sepas quién está al otro lado.

Eso no es libertad: es incertidumbre.

Sigues porque detenerte tendría un coste mayor. Porque hay cosas que solo se ordenan cuando pasan por las palabras. Porque no escribir se parece demasiado al silencio. Y ese silencio, para ti, no es habitable.

Escribí Para no fallarte del todo sin saber si alguien lo necesitaría. Lo trabajé, lo corregí, lo sostuve. No porque creyera que llegaría lejos, sino porque no escribirlo habría sido peor. No fue un acto heroico. Fue terquedad.

O necesidad.

Probablemente las dos cosas.

Cuando no hay validación externa, algo cambia. No escribes para encajar. No escribes para cumplir una expectativa ajena. Tampoco para gustar. Escribes desde un lugar más incómodo, pero también más preciso. Cada decisión pesa más porque no puedes apoyarla en la mirada del otro. No hay nadie que confirme que esto funciona. Solo tú, tu criterio, y la sospecha constante de que quizá te estés equivocando.

Escribir sin saber si alguien va a leer no es un acto de fe. Es un acto de persistencia. De aceptar que el sentido no siempre llega al final del proceso. A veces llega antes, mientras escribes. O no llega. Y aun así, sigues.

No sé si alguien leerá esto.
Lo escribo igual.

Hay cosas que no se escriben para que funcionen, se escriben para que no se pudran dentro.


Desde ese lugar escribe José Bernabé, autor de narrativa psicológica y literatura de acompañamiento, cuyo trabajo se articula en torno a la memoria, la culpa, el silencio y la verdad como precio narrativo. Una escritura que no consuela ni dirige, pero que se queda. Y a veces, quedarse es lo único que importa.

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