Nunca fui tan guapa como en internet.
No es falsa modestia: lo sé porque lo he visto. Porque puedo comparar. Porque tengo pruebas.
La primera vez que noté algo raro fue un miércoles cualquiera. Tenía ojeras, un moño que parecía un insulto a la estética y un café recalentado varias veces. Abrí Instagram, como siempre, por inercia. Una foto nueva. Mía. Fondo blanco, rostro limpio, boca entreabierta. No la recordaba. Pero me gustó. Me quedé unos segundos mirándola con ese tipo de fascinación que provoca lo que no se puede tocar. Esa mujer parecía yo, pero con todo lo que a mí me sobra cuidadosamente eliminado.
Pensé que era una foto antigua. Una que había subido sin querer. Me encogí de hombros. El post ya tenía más de seiscientos likes.
A la hora del almuerzo llegaron los primeros mensajes. Un tal @_sublimelord_ me pidió que le lamiera las botas. Otro me ofrecía «Mil euros por una noche sin fotos, reina». No supe si reírme, gritar o vomitar.
El algoritmo pareció entender algo que yo no. Empezó a mostrarme consejos de depilación láser, mascarillas faciales, clínicas de retoque sutil. También perfiles de chicas que se parecían a mí, pero mejoradas. Más simétricas. Más seguras. Más consumibles.
Por la tarde, apareció otra. En el baño. Mi baño. Pijama gris, rodillas al pecho, mirada perdida. Juro que no la hice. Ni siquiera recordaba haberme sentado así. Pero era buena. De esas que parecen espontáneas pero están coreografiadas con el alma.
La cuenta seguía siendo mía. La contraseña, intacta. El teléfono, en mi mano.
A los dos días, ya no podía seguir el ritmo. Cada vez que abría la app, había una nueva imagen. Algunas con filtros, otras con texto encima. Frases que jamás escribiría:
«El cuerpo también piensa cuando lo dejas solo.»
«Mi silencio también tiene forma.»
Me lo decían amigas, desconocidas, tipos con nombres que parecían virus:
«Amé lo que dijiste en la última foto.»
«¿Es de tu autoría o de algún poeta?»
«No sabía que eras tan profunda…»
Yo no decía nada. No era esa. O, al menos, no del todo.
Alguien —algo— estaba haciéndolo por mí. Y mejor.
Intenté dejar las redes unos días. Apagué notificaciones. Eliminé apps. Pero me costaba respirar. Sentía que, si no entraba, algo se perdería. Que la otra yo, la de las fotos, seguiría adelante sin pedirme permiso.
Una noche, revisando desde el navegador en modo incógnito, vi un reel. Mi cara, ligeramente distinta. Más pómulo, más luz, más algo. Mi voz, pero editada. Decía:
«Deja que viva la mejor versión de ti.»
Una música suave, como la de los vídeos de recetas en TikTok, flotaba detrás de mi voz editada.
Lo peor fue que lo entendí. No porque tuviera razón. Porque había algo en esa frase que me taladró por dentro. Como si ya hubiera estado ahí y alguna parte de mí lo hubiese pensado antes de que alguien lo dijera por mí.
Pasaron tres días más. Entré por curiosidad, por debilidad, por miedo.
Las fotos eran distintas ahora. Más sugerentes. Ropa más ajustada, escote más profundo, gestos más abiertos. Algunas parecían tomadas en mi cama, en mi ducha. Desde ángulos íntimos. Ninguna era explícita, pero todas insinuaban.
Y los textos…
Uno decía: «Si quieres ver más, ya sabes dónde encontrarme. Página azul 💋.»
Otro: «La intimidad no es un lugar: es un gesto bien dirigido.»
Me temblaron las manos. Cerré la ventana. La volví a abrir. Verifiqué los perfiles. Todo parecía real. Mi cara, mi nombre, mis gestos. Pero yo no estaba ahí.
Los mensajes de odio empezaron cuando llegué a los veinte mil seguidores.
«Puta.»
«Se nota que quieres que te violen.»
«Las que se muestran tanto es porque no tienen nada dentro.»
«Qué asco de falsa feminista.»
«Chúpamela, diosa.»
No sabía a quién respondían. A mí no. A la otra.
Intenté grabar un vídeo explicando todo. Lo borré antes de terminarlo. Me escuché y sonaba patética. ¿Celosa… de mí misma? Ni siquiera sabía cómo decirlo sin parecer una trastornada.
Un jueves cualquiera, me encontré llorando en la ducha. No de tristeza, sino de vergüenza. Una parte de mí deseaba ser esa otra. Esa que no pide perdón por existir.
Miré mi cara en el espejo empañado. Los ojos hinchados. La piel desigual. La boca torcida de tanto morderse por dentro.
Me reí. No sé por qué. Tal vez porque entendí que ya estaba fuera del encuadre. Que la otra había ganado.
Salí al salón. La casa estaba oscura. Abrí la ventana. Respiré ese aire sucio de ciudad que al menos no finge. Caminé hasta la cocina. Tomé un vaso. Me lo quedé mirando. De cerca. Como si fuera un oráculo.
Lo apreté hasta que crujió.
Un hilo de sangre me recorrió la palma. Caliente. Íntimo. Propio.
Me miré en el reflejo de la campana del extractor. Era yo. Por ahora.
Apreté los dientes. Levanté el fragmento más afilado. Mi mano temblaba. Sonreí otra vez.
Y entonces dije, muy bajito, casi con ternura:
—Ya no podrán decir que esa soy yo.


¡Qué buen final!
Buen giro del mito del doppelgänger mezclado con Dorian Gray adaptado a los tiempos modernos.
Me alegra que te haya gustado
Buenísimo, eres un gran escritor! Gracias por compartir tu arte.
Gracias por leerlo 🙂
Te leo en el autobús, camino del trabajo. Consigo meterme en la piel de la protagonista, me siento inquieta, pero no puedo dejar de leer…
Muchas gracias por elevar mi nivel de alerta de buena mañana 😜
Espero la siguiente historia.
Es lo mejor que podrias decir, que consigue inquietarte.
Un relato escrito con gran sensibilidad y estilo, que atrapa desde la primera línea. El autor demuestra una notable capacidad para conectar con el lector y provocar reflexión. Breve, intenso y muy recomendable.
Muchas gracias por tu comentario.