La primera vez que la vi pensé que era un sueño. Dos y cincuenta y tres de la madrugada. La luz de la calle entraba entrecortada por las lamas de la persiana, lanzando cuchilladas pálidas sobre la colcha. Abrí los ojos y había alguien acostado a mi lado. No era mi pareja; no tengo. Era una mujer. De perfil. El cabello oscuro, el cuello quieto, el brazo recogido bajo la almohada con la quietud de quien lleva allí toda la vida.
No hizo nada. No respiró. No se movió. Parpadeé dos veces y, en la tercera, la cama estaba vacía. Tampoco reaccioné. Escuché mi propio pulso martilleando en las sienes, el zumbido del frigorífico al otro lado del tabique. Un coche que pasaba muy lejos. Me dije que era cansancio, una sombra. Aún así, acabé levantándome: encendí la lámpara, recorrí el piso. Nada fuera de sitio. Volví a la cama con la sensación tonta de haber pedido perdón por invadir mi propia habitación.
La noche siguiente ocurrió a la misma hora. Dos y cincuenta y tres de la madrugada. Miré la pared y, de reojo, la curva de aquel hombro que no era el mío. Noté cómo la sábana se movía y el colchón se hundía bajo el peso de alguien que me era ajeno. No quise comprobarlo con la mano; me quedé quieto como un niño que cree que, si no respira, el monstruo pierde interés. Cerré los ojos. Cuando los abrí, yo seguía allí y ella ya no. El hueco en la sábana se había llenado poco a poco, como si el colchón intentara ocultar que algo había ocurrido.
A la tercera noche tomé medidas. Café a las diez, a las once y media. La ventana abierta para que el frío me mantuviera despierto. El móvil en la mano, con la linterna preparada. Me quedé dormido, de golpe, como si alguien apagara un interruptor en mi nuca. Desperté con el mismo peso junto a mí. La cabeza de la mujer estaba más cerca de la mía, a la altura de mis labios. Noté el olor: algo metálico, como a sangre. Como cuando te muerdes por dentro. Tragué saliva y sentí la garganta áspera. Moví la mano muy despacio hasta la mesilla. El móvil no estaba donde lo había dejado. El vaso de agua sí, pero vacío. No recordaba haber bebido. Volví a girar la cara ella ya no estaba. La almohada estaba hundida, todavía tibia. Había un pelo oscuro pegado a la funda. Lo quité con los dedos. Era real. No era mío. Lo guardé sin pensar en la tapa del libro que no leo desde enero.
Al día siguiente todo se volvió más extraño. En el empañado espejo del baño, se dibujaron dos cabezas donde solo debía estar la mía. La toalla de invitados —la que nunca uso— estaba húmeda. Fui a trabajar con la sensación de no haber dormido solo. En el ascensor olí el mismo aroma a hierro dulce que de madrugada, pegado a mi como el olor a perfume barato en el metro. En la comida, Jorge me preguntó si había quedado con alguien. Le dije que no. Olió mi sudadera y se rió: “No me engañas, tío. Hueles distinto”. Me callé.
Empecé a vivir pendiente del reloj. A las dos apagaba la tele. A las dos y cuarto quitaba el móvil del cargador. A las dos y cincuenta me tendía boca arriba, con las manos fuera de la sábana, rendido antes de empezar, y notaba como ella se acostaba a mi lado. Mi cuerpo aprendió la rutina mejor que mi cabeza: en cuanto oía el motor del camión de basura por la calle de abajo, los párpados se me caían. Despertaba a oscuras y sabía, sin mirar, que ella ya estaba allí. No siempre del mismo lado. A veces me daba la espalda. Otras, era su nuca lo único que se veía, un óvalo pálido a un palmo del borde de la almohada. Nunca conseguí ver su cara.
Probé dejar una cámara grabando. Un trípode pequeño, el móvil sujeto con cinta, el ángulo apuntando a la cama. A la mañana siguiente, el archivo estaba corrupto. Ni un segundo salvable. Lo intenté dos noches más. En una, el móvil se apagó a las dos y cincuenta y uno, con un setenta por ciento de batería. En la otra, la grabación fue un bloque negro de dos horas con el micrófono saturado con ruido gris.
El cuarto día, la noté respirar. Fue mínimo, apenas un ligero subir y bajar de la sábana en la zona del costado. Conté al mismo tiempo el ritmo de mi propia respiración y no coincidían. Intenté mantener la calma. Puse la mano sobre mi pecho: subía y bajaba a un ritmo medio. Miré la curva del tejido junto a ella: más lento. Poco a poco nuestros pulsos se igualaron. Cuando me di cuenta, me mareé. Encendí la luz. La cama estaba vacía. La apagué de nuevo y volví a la cama.
Empecé a hablarle sin voz. Pensé frases para ella: ¿quién eres?, ¿qué quieres?, ¿por qué aquí? Pero me respondía yo mismo: estás durmiendo mal, te has sugestionado, esa curva en la sábana la hace tu cabeza, ese olor es de las tuberías. Cuantas más explicaciones me daba, más incómodo me sentía en mi propia cama.
Una noche me prometí que no parpadearía. Me coloqué de lado, mirando al hueco donde ella solía aparecer. Me dolían los ojos. Sentí primero el peso. Luego vi cómo el tejido cedía, centímetro a centímetro, hasta que el vacío tomó forma propia. La silueta salió poco a poco de la oscuridad, no porque brillara, sino porque la sombra dejó de ser hueco y ganó contorno. Tenía el cabello hasta el hombro, liso. La silueta muy delgada, con la clavícula marcada. Me quedé muy quieto. Las manos me temblaban dentro de la sábana. El colchón se hundió un poco más. Entonces pasó: su cabello rozó mi boca. Un hilo real, pegado a mis labios. Lo aparté con las yemas, como quien aparta una telaraña.
Que no me viera era la única norma que intentaba mantener. No encendía la luz. No hacía ruidos. No decía su nombre… también porque no lo sabía. Solo miraba de reojo y esperaba que desapareciera sola. Pero el patrón cambió. Hubo una noche —la recuerdo por el mensaje de Jorge, a la una y cinco, preguntando si al final quedábamos el sábado— en la que ella estaba del otro lado de la cama. Yo miraba al techo. Vi, sin querer mirarla, cómo su cara se giraba hacia mí. Lo supe por el pelo, que se abrió a ambos lados y dejó libre un triángulo de piel pálida. Intenté no mirarla, pero me traicioné. Bajé la mirada. Sus ojos estaban abiertos. Clavados en mí.
No me miraban con odio ni con hambre. No había gesto. Pero en ellos había algo todavía peor: reconocimiento. Esa expresión que solo se le pone a quien has esperado mucho tiempo. Sonrió, leve, sin entornar los ojos, como quien asiente a una cita por fin cumplida. No dije nada. No sé porqué, pero sentí un impulso incontrolable de pedir perdón en voz alta. Tenía la garganta tan cerrada que solo intentarlo me dolió.
—Por fin llegaste —dijo, y la voz no encajaba con la imagen. Era una voz sin edad, una voz gastada, pero no vieja—. Llevaba tanto tiempo esperándote.
No pude moverme. Quise apartar el cuerpo, pero el cuerpo no me obedeció. Ella no se acercó más. Solo me sostuvo la mirada hasta que el cuarto pareció encogerse un poco. La persiana vibró sin viento. un dolor punzante me atravesó el costado. Conté mis respiraciones para agarrarme a algo conocido: una, dos, tres. En la cuarta, su pecho subió a la vez que el mío. En la quinta, su boca se abrió lo justo para tomar aire. En la sexta, yo estaba llorando sin ruido, con las manos abiertas sobre la colcha para que viera que no iba a tocarla.
Ella no pestañeó. Yo entendí, demasiado tarde, que no había nada que pudiera ofrecerle.
Esa noche dejé la casa. Cogí lo justo y me metí en un hotel barato. A las dos cincuenta y tres desperté en seco. En la almohada, a mi lado, había una marca que no había dejado mi cuerpo. Pagué al amanecer y volví.
Pasé el día limpiando: cambié las sábanas, lavé la funda de la almohada tres veces y aspiré el colchón. Hice una cosa que me dio vergüenza: espolvoreé harina muy fina en mi lado y en el otro, para ver si se marcaba algo. Cerré la puerta del dormitorio y me prometí que esa noche dormiría en el sofá. A las doce y media ya estaba tumbado, con una manta encima, el televisor sin sonido para dar compañía sin contenido. Me despertó el ruido más pequeño del mundo: un grano de harina cayendo del filo de la mesilla al suelo del dormitorio. No sé cómo lo supe, pero lo escuché con una claridad ridícula. Me quedé quieto. Otro granito cayó. Después otro. Me levanté. Abrí la puerta. Las marcas sobre mi almohada eran leves, como si alguien hubiese posado su cara sobre ella, pero no había más marcas en la cama. Ni huellas en el suelo.
No hay forma digna de hacerse a la idea de que alguien, o algo, ha apoyado la cara en tu almohada mientras dormías en otro cuarto.
A partir de ahí, ya no intenté entender: dejé la puerta abierta todas las noches, quité el reloj de la pared y dejé de tomar café. Empecé a acostarme antes, resignado pero con la idea absurda de que, si iba a ocurrir, al menos me pillara con la espalda caliente. Ella fue ocupando un sitio como lo ocupan las cosas inevitables. De día, no había rastros salvo los que yo buscaba. De noche, su presencia era tan normal como el zumbido del frigorífico. No es que me acostumbrara; es que se me agotaron los recursos para no creer. Y cada noche tenía la sensación de que pasaba más tiempo a mi lado.
Faltaba algo, pero no supe qué era hasta que ocurrió. Fue una noche sin ruido. Recuerdo que llovía. Yo estaba de lado, mirando la pared. Sentí que el colchón cedía y, por primera vez, sentí su cuerpo rozar el mío. No fue una ilusión. Tuve el impulso de decir su nombre aunque no lo tuviera, de nombrarla para poder tratarla como a una persona. No lo hice. Ella acercó su rostro al mío y su olor se hizo más claro, menos dulce.
—No sé quién eres.
La respuesta tardó. Los segundos se estiraron demasiado. Cuando habló, lo hizo sin cambiar el gesto, sin separar los labios más de lo imprescindible. Sin emoción:
—Tú.
No lo entendía. Ella alzó la mano, despacio, hasta mi garganta. No apretó. Me tocó como se toca a alguien que recuerdas mal. Me recorrió con las yemas de sus dedos el hueco entre las clavículas, donde late algo que solo notas cuando alguien lo roza. Tomó aire. Yo también. Estábamos ya otra vez al mismo ritmo.
No hubo frío ni calor. Solo un ritmo compartido, mecánico. Mi pecho y el suyo, a la vez.
Sentí el cuarto encogerse un poco más, unos centímetros. La persiana volvió a vibrar sin viento. La madera del somier hizo un ruido corto, como un quejido contenido. Ella pasó una pierna por encima de mí y se sentó a horcajadas, con la lentitud de quien no teme que lo detengan, pero con decisión. El colchón se hundió bajo su peso y la sábana se tensó en mi pecho, dejándome inmóvil. Su pelo me cayó por la cara, rozándome los labios.
No aparté la vista. No podía. Por fin vi su rostro. Ella inclinó la cabeza, acercó su boca a mi oído. El aire era suyo, no mío.
—Deja de respirar —susurró—, ahora es mi turno.


Tengo que decir que me ha enganchado desde la primera línea. José Bernabé consigue algo que no es fácil: crear terror real sin recurrir a los típicos sustos baratos o gore innecesario.
La historia arranca con una premisa sencilla pero inquietante. Lo que me gusta es cómo va escalando la tensión de forma muy natural. Al principio piensas “vale, serán alucinaciones”, pero luego empiezan a aparecer pruebas físicas que te dejan sin escapatoria racional.
El autor maneja muy bien los detalles sensoriales, son cosas pequeñas pero que hacen que todo se sienta real y tangible. Nada de efectos especiales, solo buen writing.
El final me ha dejado con la boca abierta, se me pusieron los pelos de punta. Es de esos finales que te quedas pensando un rato largo.
Si tengo que ponerle una pega, diría que el desenlace llega un pelín rápido, me habría gustado masticarlo un poco más. Pero vamos, que es un relato sólido que demuestra que el terror psicológico sigue funcionando cuando está bien hecho.
Gracias por tu comentario Salvador. Lo malo de los relatos cortos, es que no tienes mucho tiempo para desarrollarlos 🙂
Me alegra que te haya gustado. Un abrazo.