Ilustración dark fantasy del relato “El aliento de los muertos”, con soldados frente a un árbol con forma de mujer. Relato ambientado en el universo de Erevalis.

El aliento de los muertos

Nadie dijo que acampar sería buena idea. Era la única.

El claro se abría como una herida limpia entre la espesura. Apenas cabía el campamento, pero al menos no tendrían ramas en la cara ni raíces traicioneras bajo los sacos. Los árboles rodeaban el lugar como si estuvieran decidiendo si hablar o no.

El comandante Erven desmontó primero. No dijo palabra, solo alzó el brazo en gesto de asentamiento. Bastó.

—Es un mal sitio —gruñó Garru, descargando su petate con más rencor que peso—. Huele a tierra molesta.

—Eso lo dices de todos los sitios —resopló Kalren, mientras estiraba los brazos con teatralidad—. Si un prado no te insulta al verte, ya sospechas que trama algo.

Garru no respondió. Escupió cerca de una raíz nudosa, como si hubiera ganado una discusión antigua.

Beren desmontó con torpeza y alzó la vista. Había símbolos en las piedras. Marcas en la corteza. Ninguna del ejército. Algunas brillaban apenas, como si despertaran a regañadientes.

—¿Qué haces ahí, chico? —preguntó Lerek, el más flaco y nervioso del grupo—. No te pongas a rezar, que si algo nos ve, prefiero que no crea que tenemos fe.

—No es eso. Es solo que… este símbolo me suena. —Beren se agachó a tocar una piedra con un dibujo circular mal tallado. Sus dedos no llegaron a rozarla. Algo en su interior le dijo que no lo hiciera.

—Tonterías —dijo Kalren, mirando las mismas piedras—. Musgo con pretensiones. Si me dieran una moneda cada vez que una roca intenta asustarme, tendría… bueno, muchas piedras decorativas en casa… Bueno, si tuviera una.

Dom, que había desmontado último y sudaba por la frente como si cargara con tres armaduras, simplemente señaló algo que nadie pudo saber qué era.

—Eso estaba en otro sitio antes. Yo la vi.

Kalren lo miró como se mira a un perro que ha aprendido una palabra por accidente.

—Bravo, Dom. Tal vez el bosque quiera jugar al escondite con nosotros.

Erven callaba. Estaba observando los árboles. Uno en particular. Alto, delgado, con un tronco más retorcido que viejo. Había algo en su verticalidad que parecía antinatural. Como si se hubiera estirado para oír mejor.

—Montad el campamento —dijo por fin—. Solo una noche. Salimos al alba.

Nadie discutió.

La niebla empezó a bajar con el silencio, como una manta demasiado usada, demasiado familiar. Se espesó antes de la cena. Era de ese tipo de niebla densa que no solo oculta, sino que parece moverse a voluntad.

Las antorchas apenas dibujaban círculos de luz enferma. Cada sombra parecía más gruesa de lo normal, como si tuviera un doble fondo.

—No es normal esta niebla —murmuró Beren, removiendo el caldo con gesto ausente—. Es como si no se moviera con el viento.

—¿Qué viento? —dijo Lerek, encogido junto al fuego—. Si aquí no sopla ni una tos.

Kalren estiró las piernas, apoyado contra un tronco.

—Pues yo estoy a gusto. Aquella árbol está… receptiva.

—¿Receptiva? —repitió Dom, alzando una ceja lenta— ¿”Aquella”? ¿Le estás poniendo género?

—Sí, fíjate… Me mira como con ramas, ¿sabes? Con interés.

—¿Me estás diciendo que un árbol te está coqueteando? —saltó Lerek.

—Solo digo que hay energía. Miradas..

—Kalren… —intervino Garru, sin levantar la voz—. Si empiezas a hablarle sucio a una encina, yo me largo.

Kalren se encogió de hombros, con media sonrisa, sin dejar de mirar a aquel árbol.

—No te preocupes, abuelo. No voy a hacer algo que ella no quiera. Yo siempre pido consentimiento.

Dom soltó una carcajada lenta, como si le llegara la broma cinco segundos tarde.

Beren no escuchaba. Estaba mirando otra vez las piedras marcadas. Algo le picaba bajo la piel, como una palabra no dicha.

Garru, que había pasado los últimos minutos examinando el suelo, se puso en pie con lentitud.

—Los árboles no hacen ruido. Ni una rama rota. Es como si mantuvieran la respiración.

—A lo mejor no quieren molestarte —dijo Lerek—. ¿Has probado a no desconfiar de ellos?

—Llevan siglos aquí —murmuró Garru, más para sí mismo que para los demás—. Y nosotros venimos a mear en su patio trasero.

Una rama cayó a lo lejos. Nadie se movió. Nadie hizo la broma fácil. El sonido fue limpio, seco, como un portazo.

Erven apareció entre las tiendas. Llevaba la capa cerrada hasta el cuello y la mirada hundida en algo que solo él veía.

—Relevos de guardia. Dos horas por turno. Nada de paseos fuera del claro. Y si alguno ve algo raro, lo reporta ¿Entendido?

Asintieron, todos menos Kalren, que estaba otra vez mirando al árbol insinuante.

—¿Y si me habla?

—Le das las buenas noches y te vas a dormir —respondió Erven, sin ironía.

Silencio. Solo se escuchó el crujido de las botas al comenzar a andar.

En la distancia, muy leve, un murmullo que no era viento.

Para cuando llegó el primer relevo, el bosque parecía haber desaparecido. Solo quedaban siluetas suaves, sombras sin borde y un silencio demasiado lleno. Ni insectos. Ni ramas. Ni suspiros del viento. Solo el campamento, flotando en un mar de niebla blanco espeso.

Kalren no estaba en su tienda.

—¿Lo habéis visto? —preguntó Dom, bajando la voz como si temiera despertarlo.

—Tal vez se ha casado con un roble y está celebrándolo —murmuró Lerek, acurrucado como un gato mojado.

—Calla —gruñó Garru—. Escuchad.

Todos se quedaron quietos.

Había un canto. Muy lejano. Muy bajo. Como si alguien hablara dentro de una caverna… o debajo de tierra. Un idioma redondo, curvado. Beren lo sintió antes que entenderlo. Como si una parte de él reconociera la estructura aunque no supiera las palabras.

—No son voces humanas —susurró.

Garru asintió sin apartar la mano del cuchillo.

—Es tierra vieja. Recuerda.

Un paso.

Otro.

La niebla se abrió brevemente y Kalren apareció caminando entre las tiendas, con los pantalones en la mano, una flor seca detrás de la oreja y una sonrisa sincera, llena de felicidad.

—¿Dónde estabas? —saltó Erven, saliendo de la oscuridad con gesto duro.

El soldado se encogió de hombros, se dejó caer junto al fuego apagado.

—Recorriendo raíces. Os dije que estaba receptiva.

—¿Alguien?

—Preciosa. Creo que hemos conectado.

Garru masculló algo que sonó como una maldición contra las bellotas.

—Kalren… ¿estás sangrando? —dijo Lerek, frunciendo el ceño.

—¿Qué?

—La entrepierna.

Kalren bajó la vista. Había un reguero rojo escapando del taparrabos, deslizándose hasta sus tobillos.

—Ah… supongo que el amor duele. —no le dio la mayor importancia.

Garru gruñó.

—O que los árboles no lubrican.

Kalren se encogió de hombros.

—Yo qué sé. Tampoco me importa. Ha sido mágico… auténtica conexión.

Dom extendió una manta sobre Kalren sin decir palabra. El otro se lo agradeció con una sonrisa turbia.

—¿Cómo sabía lo que decir? —murmuró Kalren—. No solo me escuchaba. Me entendía… No había sentido esto nunca.

—Te has follado un árbol—dijo Beren—. ¿Sabes lo ridículo que suena eso?

Kalren parpadeó.

—Creo que tienes envidia.

—Joder… algo aquí está jugando con nosotros —interrumpió Kalren, y por primera vez, no sonó divertido.

Fue entonces cuando Erven la vio.

Estaba de pie, al otro lado del campamento. Inmóvil. Con el pelo recogido en un moño apretado, la falda de siempre, el cinturón con la hebilla torcida.

Su madre.

No podía ser. Murió años atrás, consumida por la fiebre. La enterraron lejos, en otro valle. Pero estaba allí, en medio de la niebla, mirándolo.

No dijo nada. Solo le sostuvo la mirada.

Erven se quedó helado. Los labios se le contrajeron como si tuviera doce años otra vez. Quiso gritar, correr, sacar la espada. Se quedó inmóvil. Bajó la vista. Algo habitual en él.

Ella se acercó. No caminaba. Se deslizaba.

Y entonces, habló. Pero su voz no venía de su boca. Venía de dentro de su cabeza, como un recuerdo maldito.

«Este lugar no es para vosotros. Vuestra guerra no os autoriza a profanar la tierra de los que fueron antes. Os tenéis que ir.»

El comandante cayó de rodillas. Nadie la vio. Nadie escuchó lo que él escuchó. Solo Beren notó que la niebla parecía envolverlo con más cariño. Como si supiera a quién había elegido.

Durante la noche, el suelo latía. Como si debajo hubiera un corazón hecho de hueso. Uno que no quería seguir durmiendo.

La niebla no se disipó al amanecer. Solo se volvió más densa. Como si la luz no supiera por dónde entrar.

Erven despertó con el rostro cubierto de sudor helado. Había soñado con su madre gritándole, pero no recordaba las palabras. Solo el miedo. Un miedo viejo, de cuando su cuerpo era pequeño y no entendía por qué los castigos llegaban aunque no hubiera hecho nada.

Se incorporó, pero no habló. No les contó lo que había visto. No quería parecer débil. Ni loco.

Dom despertó a gritos. Beren lo encontró encogido, llorando, repitiendo el nombre de su hermano muerto. Lerek se orinó encima sin darse cuenta. Y Kalren, el infame Kalren, tardó un minuto entero en pronunciar su primera broma.

—El bosque no ha dormido —dijo Garru, rompiendo el silencio—. He oído pasos toda la noche. Pero no crujían. Se deslizaban.

—No eran pasos —corrigió Beren—. Eran… susurros.

Beren se acercó a la piedra. No la tocó, pero sintió una vibración. Algo le habló sin palabras. No entendió el mensaje, pero tembló igual.

—¿Qué es eso? —preguntó Dom.

—No estoy seguro. Pero creo que no es una tumba. Su entrada, al menos.

Kalren, ya vestido aunque aún con la flor en la oreja, se estiró.

—Pues si es una puerta, toquemos y preguntemos si podemos pasar.

—No es una broma —murmuró Beren—. Esto… esto no es como las criptas del sur. No hay tumbas. No hay nombres. Ni cruces. Aquí… es distinto.

—¿Y qué hacemos? —preguntó Lerek, mirando al suelo como si esperara que se abriera.

Garru escupió.

—Los instructores hablaban de cementerios donde los muertos no se iban. Parte de la magia, parte de la tierra. Pertenecían a una raza anterior, pero no se su nombre.

—¿Y si los molestamos? —preguntó Dom.

—No se molestan. Se despiertan. Y tienen memoria.

Garru asintió, por primera vez sin sarcasmo.

—Thaenari —dijo con voz baja—. Así los llamaban en las historias viejas. Seres mágicos que no olvidaban. Ni siquiera después de morir. Este claro debe ser uno de sus cementerios… y hemos venido aquí a escarbarles las entrañas con botas sucias.

Un crujido. No de ramas. De dentro.

Algo en el suelo vibró. Apenas. Como un latido subterráneo.

Erven miró a Beren. El joven sabía algo más. Lo vio en su mirada.

—¿Hay forma de parar esto? —preguntó.

—Tal vez. Pero no es sencillo.

—¿Por qué?

Beren no respondió al principio. Luego, con la voz muy baja:

—Porque toda puerta mágica requiere una ofrenda. Y esta, por lo que siento… quiere sangre.

El fuego de la mañana no ardía bien. Las brasas chisporroteaban como si escupieran algo que no querían quemar.

Erven reunió al grupo junto a la piedra marcada, sin preámbulos. Estaba pálido, ojeroso, pero erguido como si aún creyera en la disciplina.

—No estamos en terreno neutro —dijo—. Ni en campo enemigo. Esto es algo más antiguo… y más peligroso.

—¿Peligroso cómo? —preguntó Lerek, ya con su fardo medio preparado—. ¿De los que matan o de los que maldicen?

—Ambos —respondió Beren.

—Oh, excelente —dijo Kalren—. ¿Y qué propones? ¿Nos arrodillamos y pedimos disculpas en nombre del reino?

—Hay un ritual —continuó Beren—. No lo conozco por completo, pero… mi maestra hablaba de él. Decía que los cementerios Thaenari eran puertas, no tumbas. La gente se reía. Pero ella… ella había visto uno y no volvió a dormir bien desde entonces, pero el ritual requiere…

—¿Qué? —interrumpió Garru.

—Sangre. No cortes ni símbolos. Una vida.

Silencio.

Kalren se rascó la barbilla, luego miró lentamente a Lerek.

—Yo solo digo… si hay que elegir, creo que todos estamos pensando lo mismo.

—¡Eh! —protestó Lerek—. ¡Yo no he hecho nada!

—Justo. Perfil bajo, muerte rápida —respondió Kalren.

—¡No firmé para esto! ¡Solo quería marchar y quejarme con dignidad!

—No hay dignidad en esta tierra —murmuró Garru.

Dom levantó una mano.

—¿Y si me sacrifico yo?

Todos lo miraron.

—Era broma —añadió, un segundo después.

El silencio volvió a caer.

—Yo puedo hacerlo —dijo Beren, bajando la vista.

—No —interrumpió Erven, seco.

—Pero…

—No. No un aprendiz. Ni alguien que no ha decidido aún quién quiere ser.

Kalren miró al comandante con atención.

—Y tú, ¿lo harías?

Erven sostuvo su mirada. Luego miró a la piedra, al bosque, al lugar exacto donde había visto a su madre.

—No vine aquí a morir —dijo—. Pero si alguien no lo hace, todos lo haremos. Y no en paz.

Garru chasqueó la lengua.

—Podríamos quemarlo todo. Salir corriendo.

—Y cargar con la culpa —respondió Erven—. No por el bosque. Por lo que vendrá después. Porque esas almas no lo olvidarán.

Beren asintió.

—Los Thaenari no entierran. Vinculan. Si perturbamos esto, su memoria nos seguirá. A nosotros. A los que nos dieron órdenes. A todo lo que huela a humano.

—Bonita forma de decir que estaremos malditos de por vida—dijo Kalren.

—No es una maldición —corrigió Garru—. Para ellos es justicia.

Dom lo miró con mezcla de miedo y respeto.

—¿Entonces?

Erven desenvainó. No para luchar. Solo lo sostuvo.

—Prepárate.

No pudo protegerla. A su madre. A su infancia. Nunca entendió la ira de entonces. Pero esta sí. Esta ira —la del bosque, la de la tierra— tenía reglas. Podía calmarla. Y eso era algo que sí sabía hacer.

Erven se arrodilló ante la piedra marcada. Su armadura sonaba vieja de pronto, como si el metal recordara más batallas de las que había vivido.

Beren tragó saliva. Recordaba las palabras, pero no su sentido. Su maestra le decía que un hechizo verdadero no se aprende: te elige. Y ahora, esas palabras estaban volviendo a él, como si siempre hubieran estado allí.

Se colocó frente a él, temblando. En la mano tenía un pequeño cuenco de arcilla que había moldeado con barro del lugar. En su interior, una mezcla de polvo, saliva y algo que había raspado de los símbolos. El muchacho no sabía si era magia o superstición. En ese momento, daba igual.

—Tienes que pronunciar las palabras —dijo, con voz rota—. Yo solo guío.

Erven asintió.

Garru se mantenía en silencio, los brazos cruzados, como si presenciara un juicio. Kalren no hacía bromas. Lerek miraba hacia otro lado, murmurando algo entre dientes. Dom había cerrado los ojos, pero apretaba los puños.

El comandante se hizo un corte limpio en la palma. Dejó que la sangre cayera sobre la piedra.

El suelo exhaló.

Beren empezó a recitar.

Palabras en un idioma que no era suyo, pero que entendía. No necesitaban traducción. Eran fonemas grabados en la médula de la tierra. Fragmentos del idioma Thaenari, enterrado en la sangre.

La piedra absorbió la sangre con lentitud. No la manchó: la devoró. Como si reconociera lo ofrecido.

Erven pronunció las últimas palabras. No fueron suyas. Salieron de su boca, pero no de su voluntad.

“Devolved lo prestado. Cerrad lo abierto. Dormid sin ira.”

Una corriente invisible barrió el claro, como si el mundo hubiera contenido el aliento durante siglos y ahora, por fin, pudiera soltarlo.

La niebla se fragmentó. No se disipó: se rompió.

Erven se desplomó hacia adelante. No gritó. No luchó. Cayó con una serenidad que no había mostrado en vida.

Su rostro no parecía el de un guerrero.

Parecía el de un niño que por fin se había quedado dormido.

Beren se arrodilló junto a él, en silencio. No lloró. Solo tocó la piedra con respeto, sin buscar respuesta.

Nada respondió.

Pero por primera vez desde que llegaron, se oyó un sonido familiar.

Un pájaro. Uno solo. Cantando lejos.

Y entonces, Dom habló.

—¿Eso significa que podemos desayunar?

Nadie se rió.

Pero nadie le dijo que no.

Empacaron en silencio.

No por respeto, sino porque ninguno encontraba palabras que no temblaran.

Garru cavó una fosa poco profunda para el comandante, pero al ver que la piedra seguía intacta, dejó de cavar. No lo enterraron allí. Lo envolvieron en su capa y lo colocaron en el carro. Decidieron que sería el bosque quien eligiera qué hacer con él. O la tierra. O lo que quedara por debajo.

Cuando el grupo cruzó de nuevo el borde del claro, la niebla ya no los seguía. Los árboles no se inclinaban. Pero nadie miró atrás.

Caminaron largo rato sin hablar.

Hasta que Kalren, alzando la vista, murmuró:

—Lo que pasa… es que nadie quiere admitir que tenemos miedo de un campo lleno de huesos y flores.

Garru chasqueó la lengua.

—Algunos más de las flores que de los huesos.

—Las flores son más persuasivas —dijo Kalren.

Y esta vez, nadie supo si era una broma.

Dom se detuvo un segundo. Miró al cielo.

—¿Creéis que nos van a recordar?

—Eso espero —dijo Beren—. Porque nosotros no deberíamos olvidar este lugar.

Y siguieron caminando.

Detrás, el claro volvió a quedarse en silencio.

Como si nunca hubieran estado allí.

Como si la tierra ya supiera que el olvido no siempre llega a tiempo.

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