Diciembre tiene una trampa que nadie suele mencionar. Y no es la Navidad.
No es el frío, ni son las luces. Es el silencio que aparece cuando todo se supone que debería estar bien.
A veces no estoy triste: solo estoy vacío, y eso asusta más.
Porque la tristeza se nombra. El vacío no.
Los fines de semana lo noto más. Cuando no hay correos que contestar, ni tareas que justifiquen el cansancio, ni ruido suficiente para tapar la pregunta que siempre llega tarde o temprano: ¿y ahora qué hago conmigo?
Vivimos hiperconectados, pero cada vez más solos. No porque no hablemos, sino porque no sabemos dónde estar sin tener que rendir cuentas.
Durante años existieron los llamados terceros lugares. Esos espacios intermedios donde uno puede sentarse sin explicarse, sin ser una identidad, sin demostrar nada.
Para mí, últimamente ese lugar es una mesa del Unternehmen Mitte en Basilea. No por el café. Ni por el ambiente. Ni siquiera por una mesa en concreto. Es porque allí puedo sentarme sin que nadie espere nada de mí. Ese tipo de lugares están desapareciendo. Los hemos sustituido por pantallas. Por feeds infinitos. Por la ilusión de compañía que no exige presencia real.
Y entonces ocurre algo muy reconocible: reuniones familiares donde todos están en la misma habitación… mirando el teléfono. Personas juntas, pero emocionalmente en habitaciones distintas. No por falta de cariño, sino por agotamiento. Porque hemos olvidado cómo estar sin distraernos.
Echo de menos sentirme necesario.
No útil.
Necesario.
Llegando a los 45 años, con esa sensación incómoda de no haber hecho todavía nada suficientemente bueno, uno empieza a dudar de dónde está el fallo: si en la falta de logros… o en vivir en un mundo donde los logros solo valen mientras alguien los mira. Y, en ese mundo, me siento solo.
Porque la soledad más dura no es la visible. Es la que aparece cuando llegas a casa y, junto con la ropa, te quitas también la máscara. Cuando nadie te observa. Cuando ya no hay que demostrar nada… y aun así duele.
No escribo esto para señalar culpables, ni para demonizar la tecnología.
Escribo porque esta forma de soledad existe, y casi nadie la nombra sin convertirla en consigna, en autoayuda o en contenido optimista.
Para no fallarte del todo nació exactamente ahí.
No de una gran tragedia, sino de ese vacío discreto que no se nota en las fotos.
De dialogar con personas que siguen adelante sin que nadie les pregunte cómo están de verdad.
Escribirlo fue una forma de sentarme en uno de esos terceros lugares que ya no existen… y construirlo con palabras.
Quizá no podamos recuperar todos los terceros lugares.
Pero tal vez podamos reconocer uno cuándo los necesitamos.
Buscar una mesa. Un banco. Un rincón.
O, al menos, admitir que no siempre estamos bien, aunque todo parezca funcionar.
A veces no hace falta arreglar nada.
Basta con no seguir fingiendo que el vacío no está ahí.


Y qué razón tienes, al exponernos al vacío interno. Ese vacío solitario, que calla, que no se expone pero que poco a poco nos va minando sin que nadie lo vea y a la vista de todos.