No estaba en los mapas. Ni en los archivos. Ni siquiera en los rumores. Y, sin embargo, allí estaba.
Elías lo vio tras una esquina, en una noche sin luna. No destacaba por altura ni por diseño. Era su presencia. Había edificios que se erguían. Aquel, en cambio, acechaba.
No fue el edificio lo que más le inquietó. Fue no recordarlo.
Llevaba tres años viviendo en el barrio. Cada semana caminaba por esa zona. Conocía el vecindario como se conoce un cuerpo: por sus cicatrices, sus pliegues, sus secretos. Se había pateado cada una de sus calles y, sin embargo, aquel edificio era una sombra nueva sobre un rostro que conocía de memoria.
Se detuvo frente a la fachada.
La piedra tenía un tono indefinido, entre gris y hueso, como si hubiese olvidado su color original. No había interfonos, ni buzones, ni timbre. Tampoco placas con nombres. Solo una puerta de madera antigua, reseca y combada, sin pomo.
Elías alzó la vista: las ventanas eran estrechas, verticales, desproporcionadas. Un edificio moderno jamás usaría esas proporciones. Pero tampoco era antiguo. Era… raro.
Como si alguien hubiera intentado replicar una vivienda normal, y se hubiera equivocado en los detalles. Una copia sin alma. Como cuando intentas recordar algo, pero no consigues definir los detalles.
La puerta cedió al primer empujón. No crujió. No ofreció resistencia. Se abrió como si lo esperara.
El aire dentro no olía a cerrado. Tampoco a humedad. No olía a nada. Era como si el aire no existiera.
Elías dio un paso. Luego otro. No había mobiliario, ni cuadros, ni señales de vida. Solo un pasillo largo con paredes sin esquinas aparentes: los ángulos parecían disueltos, como si hubieran sido desgastados por el paso de miles de años.
Sintió una incomodidad física, visceral. Como si sus propios huesos intuyeran que algo, en aquel lugar, no estaba bien.
Había escaleras, pero no barandillas. Las puertas, las pocas que había, eran demasiado altas. Algunas se abrían apenas unos centímetros y mostraban habitaciones vacías, tan faltas de alma como el resto del edificio.
Elías recorría aquel laberinto sin saber qué buscaba. No había letreros, ni marcas que le sirvieran de referencia. A veces, tenía la sensación que no se escuchaba ni el eco de sus propios pasos.
Empezó a preguntarse si no habría estado allí antes. No físicamente, sino en sueños, o en uno de esos recuerdos confusos que todos tenemos y que no sabemos de dónde salieron.
Al fondo del corredor encontró una estancia distinta. Había una silla. Una sola. De respaldo alto, sin acolchado. Estaba colocada en el centro exacto de la sala.
Sobre el asiento, un pliego de papel doblado en cuatro. Elías no recordaba haber llevado nada encima, pero reconoció su letra en cuanto lo abrió:
“No deberías haber vuelto.”
Elías tragó saliva. El papel temblaba entre sus dedos, aunque él no se movía. En ese momento comprendió algo sin lógica: no era la primera vez que estaba allí.
Sintió un zumbido en las sienes. Como una presión detrás de los ojos. Dio un paso atrás. Otro. Volvió sobre sus huellas, decidido a salir cuanto antes de aquel edificio. Pero el pasillo parecía distinto. No era más estrecho. No era más largo. Era el mismo, pero no se sentía igual.
Fue entonces cuando escuchó unos pasos, resonando tras de él, como si alguien caminara sobre sus huellas.
Se giró bruscamente. Nada. Pero al mirar al fondo del pasillo, vio una sombra moverse. No huyó. Se detuvo desafiante y buscó su mirada.
Era él. Más delgado. Más pálido. Pero él.
… Y sonreía.
La figura se adelantó unos pasos.
—Estás tardando mucho —dijo.
Elías sintió que algo se aflojaba dentro, como si sus vísceras buscaran huir de su cuerpo.
—¿Quién eres?
—No empieces con eso —respondió el otro, la voz idéntica. Burlona, pero vacía—. Sabes perfectamente quién soy.
La figura se agachó, como estudiándolo. Su expresión era serena. Paciente.
—No puedes construir sobre lo que has negado. Lo sabes. Te advertí.
—¿Advertirme?
—Hace años. Antes de que lo olvidaras.
Silencio.
—No vine por ti —musitó Elías.
—Mentira. Siempre vienes por mí.
La figura se desvaneció sin moverse. Se convirtió en una nube de polvo que se dispersó demasiado rápido, como si nunca hubiera estado allí.
Elías corrió. O creyó correr. Los muros se estrechaban sin tocarse, la luz perdía temperatura. Cada paso parecía doblado sobre otro anterior.
Llegó a una puerta más baja que las demás. La empujó. Y al cruzarla, se detuvo en seco.
La habitación estaba amueblada. Escritorio, cama, dibujos en las paredes. Todo dispuesto como un recuerdo perfectamente conservado. Como un museo de su adolescencia.
Encima del escritorio, una maqueta de cartón piedra. No era ningún encargo, ni un edificio real. Era esta casa. Este lugar.
Por eso le resultaba familiar, él mismo lo había diseñado hacía tiempo, con trece años. Cuando su madre murió de cáncer.
Sintió un vértigo hueco. Una grieta en su cerebro. Todo era exactamente como lo había imaginado de niño en aquellas noches sin dormir en las que intentaba comprender por qué su madre había muerto: un refugio sin puertas, sin testigos. Un santuario del que no se pudiera salir. Y en el que nadie pudiera entrar.
En el centro de la maqueta, una figura en miniatura.
Un hombre de espaldas atado a una silla.
Elías no podía apartar la vista de la maqueta. Era exacta, sí, pero se notaba vieja, polvorienta, como si siempre hubiera estado ahí.
Intentó retroceder. La puerta por la que había entrado había desaparecido. Solo quedaban paredes. Sin juntas. Sin marcos. Perfectamente selladas.
El escritorio tenía cajones. Los abrió buscando una respuesta. Dentro, planos garabateados de cuando era niño: Una fachada sin ventanas, una escalera que no conectaba con nada… Notas marginales que hablaban de «esconder el eco», de «bloquear los accesos» y de «olvidar el sótano».
El sótano.
Una trampilla en la esquina más oscura de la habitación. No estaba dibujada en ningún plano. Ni en la maqueta. Pero ahí estaba. Cubierta con una alfombra delgada. Y bajo ella, una mancha seca.
Se agachó. Acercó el oído. No oyó nada. O eso creyó. El silencio parecía respirar junto a él.
Elías retiró la alfombra. La trampilla tenía una anilla oxidada. Dudó. La tocó. Estaba caliente. Con esfuerzo, tiró de ella. La madera de la trampilla crujió, revelando una escalera estrecha, oscura y llena de polvo. Un olor antiguo subió como un recuerdo: humedad, moho, y suavizante barato. El sótano de sus padres.
Bajó escalón a escalón. Su respiración empezó a acelerarse. La habitación era minúscula. Sin muebles. Sin puertas… Solo una silla. Y en la silla, un cuerpo.
Su cuerpo.
Idéntico, pero más viejo. Ojeroso. La ropa sucia. Las uñas rotas. Vivo. Respirando. Mirándolo con una mezcla de súplica y resignación.
—No debería haberte traído aquí —susurró el que estaba sentado—. Lo habías enterrado todo en tu memoria.
—¿Quién eres?
—Tú.
Elías cayó de rodillas. La habitación giraba. Su mente colapsaba bajo el peso de una lógica rota. Sus oídos se saturaron como si alguien gritara junto a él. Pero nadie gritaba. Tras unos segundos, el dolor fue desapareciendo.
—¿Por qué no te vas de aquí? —murmuró.
—¿Irme? ¿Y tú? ¿Qué harías sin mí? Sin lo que escondiste para sobrevivir. Sin el dolor que convertiste en forma, sin el crimen.
Silencio.
Elías retrocedió. Miró a su alrededor. La habitación no tenía ventanas. Ni luz. Ni tiempo.
—¿Qué crimen?
El otro Elías sonrió, triste. Con compasión.
—Tu madre nunca murió por enfermedad.
El recuerdo cayó como una viga podrida. Aquella noche. El portazo. La caída. El grito. El miedo. La sangre. El cuerpo en el suelo. Los llantos de su padre. El silencio pactado. La palabra «accidente» grabada como consigna.
Elías el arquitecto nació de eso: de la necesidad de levantar, de ocultar. De sellar con geometría lo que la memoria no podía sostener.
—Yo… yo tenía trece años…
—Y seguiste construyendo. Cada proyecto fue una desviación. Cada línea, una negación.
El otro Elías se levantó. No tenía intención de huir. Ni de castigar. Solo de completar el círculo.
—Tú dibujaste este lugar. Para mí. Para que no yo no pudiera hablar.
—Pero ahora estoy aquí —dijo el otro.
—Y yo también.
Entonces, la luz tembló. Todo empezó a descomponerse. Como si la arquitectura mental se deshiciera desde dentro. La maqueta. El plano. El nombre. Elías. Todo.
Lo último que vio antes de que la oscuridad lo tragara fue su propia figura de niño, dibujando entre lágrimas un plano torcido. Un sótano sin salida.
Y el cadáver de su madre aún detrás de él.


Me ha sorprendido, intrigante , bien narrado… enhorabuena 😊.
Tengo ganas de leerte más.
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Muchas gracias. Me alegra que te haya gustado.
Te animo a que leas los otros relatos 😉
Woow misterioso, me has dejado en suspenso.
¡Me encantó!.
Me alegra que te haya gustado 🙂