La primera vez que Teresa intentó preparar la tintura de raíz de lirio, falló.
Siguió cada paso del pergamino. Lavó las raíces con agua de pozo, midió la savia en el cuenco de arcilla, esperó a que el fuego bajara antes de añadir las hojas machacadas y recitó en voz baja los nombres latinos, no porque creyera en ellos, sino porque se los habían enseñado así. Pero el líquido quedó turbio, sin el brillo azul que debía anunciar la pureza. Demasiado denso. Demasiado quieto. Algo muerto antes de haber nacido.
La víspera de la Primera Gota de Rocío —el rito en el que las aprendices debían demostrar que la tierra ya no las toleraba como visitantes, sino que empezaba a reconocerlas— Teresa caminaba sola por el bosque, con los dedos manchados, la falda húmeda por el borde y una rabia pequeña ardiéndole bajo las uñas. Tenía diecinueve años y llevaba media vida leyendo, copiando fórmulas, memorizando nombres, distinguiendo nervaduras, raíces, savias y venenos. Y, sin embargo, cuando llegaba el momento de pedirle algo vivo a una planta, las plantas seguían resistiéndose a ella.
Desde la colina, vio a Mencía.
Su mentora no llevaba libros ni cuencos ni cuchillos. Estaba de pie junto a un grupo de milenrama, con una hoja entre los dedos. La rozaba apenas con el pulgar, la olía, cerraba los ojos y sonreía con una calma que a Teresa le pareció insultante. No era satisfacción. Era intimidad. El mundo vegetal no obedecía a Mencía; la dejaba acercarse.
Teresa sintió algo más bajo que la frustración. Hambre. Hambre de comprender, de tocar sin romper, de entrar en ese lenguaje donde ella solo era capaz de repetir palabras ajenas.
Esa noche cruzó el campamento dormido y se detuvo frente a la cabaña de Mencía. Llevaba el cuenco de arcilla contra el pecho. Las uñas le olían a raíz de lirio podrida.
—Los manuscritos mienten —dijo—. O yo no sé leerlos.
Mencía no apartó la mirada del fuego. Las llamas le marcaban sombras largas en los pómulos y volvían más dura su edad, que nunca parecía la misma dos veces.
—Los manuscritos no mienten —respondió al fin—. Pero tampoco respiran por ti.
Teresa apretó el cuenco.
—He seguido todos los pasos.
—Ese es el problema.
La frase le dolió más de lo que habría querido admitir. Durante un instante pensó en dar media vuelta, volver a su tienda y esconder el fracaso bajo la manta hasta el amanecer. Pero Mencía dejó la taza sobre la mesa y la miró por primera vez.
—¿Has venido a que te lo explique o a que te lo muestre?
El silencio entre ambas creció como maleza.
—Muéstramelo —dijo Teresa.
Mencía dejó la taza sobre la mesa y se levantó.
—No aquí. En el río.
Caminaron hasta el río sin llevar lámpara. El bosque estaba oscuro, pero no cerrado. La hierba conservaba todavía algo del calor del día y el aire olía a hinojo, madreselva y tierra removida. No había luna. Solo un cielo negro, limpio, lleno de estrellas que no servían para iluminar el camino, pero sí para recordar que la oscuridad también tiene profundidad.
—Tú aprendes con la cabeza —dijo Mencía cuando llegaron al claro—. Eso no está mal. La cabeza evita muchas muertes inútiles. Pero no cura sola, no corta sola, no sabe cuándo una raíz se entrega y cuándo está resistiendo.
Teresa no respondió.
—El cuerpo también lee —continuó Mencía—. Solo que tú lo has tratado como si fuera una criada de tus manos.
El río cantaba en voz baja, escondido entre las piedras. La bruja más experta se acercó a la orilla y, sin decir palabra, se descalzó. Después se soltó el vestido y lo dejó caer con calma, hasta quedar desnuda bajo las estrellas.
Teresa titubeó. Miró hacia los árboles, hacia el camino, hacia la noche que no parecía mirar de vuelta. Luego deshizo los nudos de su propio vestido. La tela cayó a sus pies y el frío le subió por las piernas con una claridad casi hiriente. Durante un momento se sintió expuesta de una manera pobre, humana, ridícula. Después el barro del margen le cubrió los tobillos y esa vergüenza empezó a perder nombre.
—Si quieres aprender a escuchar, no puedes empezar obedeciendo mi mano —dijo Mencía—. Tienes que decidir dónde empieza la tuya.
Teresa respiró hondo. Se arrodilló junto al río y hundió los dedos en el barro. Estaba frío, lleno de pequeñas piedras y restos vegetales. No embellecía el cuerpo. Lo volvía terrestre. Lo devolvía a una materia menos orgullosa. Empezó a cubrirse los muslos, los brazos, el vientre, el pecho. Al principio lo hizo con torpeza, sin saber cuánta presión usar ni dónde detenerse. Después dejó de pensar en eso.
Mencía hizo lo mismo en silencio.
No había apuro. Tampoco inocencia. El barro sobre la piel desnuda no borraba el deseo; lo volvía más antiguo, menos complaciente. Teresa notó cómo su cuerpo, que durante años había tratado como una herramienta torpe, empezaba a responder de otra manera: no con palabras, sino con calor, con tensión, con una atención nueva en zonas que hasta entonces solo habían sido vergüenza, disciplina o miedo.
Mencía sacó del zurrón un pequeño cuenco de madera. El ungüento tenía un tono verde oscuro y un olor espeso: enebro, menta silvestre, corteza fermentada, quizá una punta de beleño en cantidad tan leve que no debía nombrarse en voz alta.
—Esto no enseña nada por sí solo —advirtió—. No confundas la puerta con el camino.
Tomó un poco con los dedos y lo aplicó primero en las muñecas, donde el pulso le golpeaba con demasiada fuerza; después en el hueco de la garganta, bajo las clavículas, en la curva de las costillas, detrás de las rodillas. Recitó algo que Teresa no llegó a descifrar. Después hizo lo mismo consigo misma, sin apartar los ojos de su aprendiz. Luego descendió a los pechos. Sus dedos untaron los pezones con precisión suave, sin morbo, como quien cura una herida.
Mencía hizo lo mismo en su propio cuerpo, despacio, sin apartar la mirada del río.
Teresa no supo en qué momento dejó de avergonzarse de mirar. Mencía tenía barro en los hombros, en los pechos, en el vientre; el agua del río le brillaba en los muslos como una piel distinta. No era una imagen limpia ni dócil. Era hermosa de un modo incómodo, vivo, demasiado cercano a la muerte y al nacimiento como para parecer decorativa.
Mencía se acercó entonces, despacio.
—Puedo ayudarte —dijo—. Solo si quieres.
Teresa sintió que la respuesta le subía desde un lugar menos educado que la boca.
—Quiero.
Mencía inclinó el cuenco y tomó más del ungüento, que resbaló entre sus dedos como savia recién cortada. Teresa contuvo el aliento al notar el aire frío de la noche rozándole el vientre desnudo, justo antes de que la yema de aquellos dedos —callosos por la hoz, suaves por el aceite de enebro— encontraran su piel. No había prisa en los movimientos de su mentora. Cada círculo que trazaba alrededor de su ombligo, cada línea descendente hacia su sexo, parecía seguir un mapa que solo Mencía podía leer. El aroma a menta silvestre y corteza fermentada se le enredó en las fosas nasales, dulce y punzante, como los dedos de la mujer se enredaron en su vello púbico.
Cuando por fin la tocó, sin preguntar, aplicó el ungüento con la misma cadencia con la que se ungen los altares. Lo extendió entre los pliegues, lo introdujo con la yema del dedo, despacio, sin pausa. Luego repitió el gesto en sí misma sin que el bosque, testigo, les juzgara.
La sustancia comenzó a hacer efecto pronto. No de forma vertiginosa, sino como una música que las animaba a bailar desde dentro.
Teresa bajó la mano, sin pensar, dejó que fuera su cuerpo quien hablase.
No con torpeza, ni como quien busca alivio. No era excitación lo que la rebosaba en ese momento, sino una necesidad sagrada de tocar por primera vez algo que se intuye más de la carne que el propio cuerpo.
—Lo que nace en la raíz no teme al temblor —dijo Mencía, con la voz más honda que el río.
La observó con esa quietud que a veces tienen los árboles. Luego, sin apartar la mirada, tomó la mano de Teresa y la guió hacia su entrepierna.
Teresa alzó la mirada. Tenía barro en la boca y en el pecho, y los ojos abiertos de quien acaba de reconocer una puerta en mitad de una pared.
—Lo que tiembla, florece —susurró.
La frase no estaba en ningún pergamino. La repitieron juntas. Una vez. Luego otra. Y cada vez que la decían, sus cuerpos respondían, como si las sílabas activaran algo anterior al lenguaje.
Los dedos se hundieron despacio, pero sin duda. El ungüento ardía ya bajo la piel, y no sabían si era fiebre o fervor lo que recorría sus ingles. Cada roce parecía encender una palabra olvidada.
Se tocaban compartiendo su temblor. Cada estremecimiento en una vibraba en la otra, como si el placer naciera en el barro y trepara por sus muslos hasta hacerse canto.
El mundo se estrechó en el pulso de sus dedos, en el barro húmedo bajo las rodillas, en el eco de esa frase que se volvía conjuro.
Se tocaron más fuerte. Más lento. Más profundo. Hasta que los ojos se les cerraron y dejaron de saberse dos. Hasta que la noche se deshizo en un temblor sordo, y el cuerpo dejó de ser cuerpo para convertirse en tierra, en raíz, en flor.
No supieron cuánto tiempo estuvieron en la orilla. Recordarían fragmentos: el barro secándose en la piel, la respiración de una en la boca de la otra, el agua fría lamiéndoles las rodillas, la mano de Teresa aferrada a una raíz para no caer hacia delante, el sonido ronco que se le escapó cuando el placer dejó de parecer algo ajeno y empezó a ser suyo.
Al amanecer, antes de volver a su tienda, se deslizó lentamente hasta el río para limpiar los restos de barro seco de su piel. Allí, en silencio, volvió a llevar sus dedos hasta su sexo. Esta vez no estaba bajo el influjo del ungüento de Mencía. Fue una forma de decirle al agua del río y al bosque que ahora ella era parte de ellos.
Se tocó como había aprendido la noche anterior, pero con una conciencia nueva. No buscaba repetir el gesto, sino recordar lo que había despertado y, esta vez, no paró hasta que el clímax le arrancó un suspiro sordo que se perdió en el río.
Esa misma noche, ya junto al fuego del campamento, Mencía se le acercó.
—Anoche no fallaste —dijo—. Anoche escuchaste.
—¿Y mañana? —preguntó Teresa, en voz baja.
Mencía miró el fuego, luego su espalda.
—Lo importante es que recuerdes cómo se siente. No lo que hiciste.
Teresa asintió. Sentía aún el trazo invisible de sus dedos sobre la piel y supo que eso, lo que había sentido allí, jamás lo perdería.

Está lectura, remueve algo , dentro de la persona que lo.lee. Al menos a mí me ha pasado. Parece mentira que siendo hombre , lo describas tan bien ❤️🩹
jajaja… Gracias! (creo) 😛