La primera vez que Teresa intentó preparar la tintura de raíz de lirio, falló.
Siguió cada paso del pergamino. Midió la savia con el cuenco de arcilla, limpió las raíces con agua de pozo, recitó en voz baja los nombres latinos como le habían enseñado. Pero el líquido quedó turbio, sin el brillo azul que indicaba pureza. Demasiado denso. Demasiado muerto.
La víspera de la Primera Gota de Rocío —el rito donde las aprendices debían demostrar su vínculo con la tierra— Teresa caminaba sola por el bosque, los dedos manchados de tierra, la rabia ardiéndole bajo las uñas. Llevaba años leyendo, memorizando, estudiando. Y sin embargo, las plantas seguían resistiéndose a obedecerla.
Desde la colina, vio a Mencía.
Su mentora no llevaba libros. Acariciaba una hoja de milenrama, la olía, y luego sonreía con los ojos cerrados. Parecía que el mundo vegetal le hablaba sin palabras.
Teresa sintió algo más que frustración al verla. Era hambre. Hambre de comprender, de sentirse así.
Esa noche, cruzó el campamento dormido y se detuvo frente a la cabaña de Mencía.
—Los manuscritos mienten —dijo Teresa, apretando el cuenco de arcilla contra su pecho. Las uñas le olían a raíz de lirio podrida—. O yo no sé leerlos.
Mencía no apartó la mirada del fuego que ardía en su cabaña. Las llamas le pintaban sombras largas en los pómulos.
—¿Viniste a que te lo explique… —preguntó al fin, pasando un dedo por el borde de su taza de barro—… o a que te lo muestre?
Teresa tragó saliva. El silencio entre ambas creció como maleza.
—Muéstramelo —susurró.
La bruja dejó la taza sobre la mesa y se levantó.
—No aquí. En el río.
Caminaron hasta un claro donde la hierba estaba tibia aún, perfumada de hinojo y madreselva. El cielo era negro y limpio, sin luna.
—Tú aprendes con la cabeza —dijo la mujer, sentándose sobre la tierra—. Pero el cuerpo también sabe. Solo que no le has dejado hablar.
Teresa no supo qué responder.
—La tierra no necesita que la mandes —dijo—. Solo quiere que estés.
No hubo milagros. No hubo revelaciones. Solo un silencio nuevo. Teresa dejó de sentir el suelo frío y empezó a sentirse parte de él.
El río cantaba en voz baja, escondido entre las piedras. La bruja más experta se acercó a la orilla y, sin decir palabra, se descalzó. Luego empezó a desabrochar su vestido y lo dejó caer con calma, hasta quedar desnuda bajo las estrellas.
Teresa titubeó. Pero cuando su maestra metió los pies en el barro del margen y cerró los ojos recitando versos que era incapaz de repetir, comprendió que no había peligro en seguirla.
Se desvistió en silencio, sintiendo cómo la noche acariciaba su piel sin pudor. El barro estaba frío al principio, y blando, pero hundió, de todas formas, los pies hasta los tobillos y respiró hondo. Mencía se volvió hacia ella.
—Este es el principio —dijo—. Desaparecer. Ser barro. Ser bosque.
Se inclinaron ambas y, con las manos, comenzaron a cubrirse los muslos, los brazos, el vientre con ese mismo barro en el que habían hundido sus pies. No había apuro. Era como pintar sobre una vasija rota. Teresa notó cómo las respiraciones de las dos se acompasaban en un lenguaje antiguo que despertaba en ellas.
La mentora sacó del zurrón que había dejado junto al resto de su ropa un pequeño cuenco de madera. El ungüento tenía un tono verde oscuro y un olor espeso, a raíces machacadas, a luna y metal.
—Esto no se aprende leyendo —susurró—. Se aprende siendo.
Tomó un poco con los dedos y lo aplicó en las axilas de Teresa, una y luego la otra, con lentitud reverente. Recitando algo que Teresa no llegó a descifrar. Después hizo lo mismo consigo misma, sin apartar los ojos de su aprendiz. Luego descendió a los pechos. Sus dedos untaron los pezones con precisión suave, sin morbo, como quien cuida de un ternero.
El contacto con el ungüento era fresco, y luego cálido. Vibraba.
Teresa sintió que el barro que cubría su piel se volvía parte de algo más y, por fin, empezó a escuchar a su propio cuerpo.
Mencía inclinó el cuenco y tomó más del ungüento, que resbaló entre sus dedos como savia recién cortada. Teresa contuvo el aliento al notar el aire frío de la noche rozándole el vientre desnudo, justo antes de que la yema de aquellos dedos —callosos por la hoz, suaves por el aceite de enebro— encontraran su piel. No había prisa en los movimientos de su mentora. Cada círculo que trazaba alrededor de su ombligo, cada línea descendente hacia su sexo, parecía seguir un mapa que solo Mencía podía leer. El aroma a menta silvestre y corteza fermentada se le enredó en las fosas nasales, dulce y punzante, como los dedos de la mujer se enredaron en su vello púbico.
Cuando por fin la tocó, sin preguntar, aplicó el ungüento con la misma cadencia con la que se ungen los altares. Lo extendió entre los pliegues, lo introdujo con la yema del dedo, despacio, sin pausa. Luego repitió el gesto en sí misma sin que el bosque, testigo, les juzgara.
La sustancia comenzó a hacer efecto pronto. No de forma vertiginosa, sino como una música que las animaba a bailar desde dentro.
Teresa bajó la mano, sin pensar, dejó que fuera su cuerpo quien hablase.
No con torpeza, ni como quien busca alivio. No era excitación lo que la rebosaba en ese momento, sino una necesidad sagrada de tocar por primera vez algo que se intuye más de la carne que el propio cuerpo.
Mencía la observó sin lujuria, solo con esa quietud que a veces tienen los árboles. Luego, sin apartar la mirada, tomó la mano de Teresa y la guió hacia su entrepierna. Fue ella quien se ofreció primero y, cuando notó los dedos de su aprendiz dentro de ella, buscó su cuerpo de la misma manera.
Los dedos se hundieron despacio, pero sin duda. El ungüento ardía ya bajo la piel, y no sabían si era fiebre o fervor lo que recorría sus ingles. Cada roce parecía encender una palabra olvidada.
Se tocaban compartiendo su temblor. Cada estremecimiento en una vibraba en la otra, como si el placer naciera en el barro y trepara por sus muslos hasta hacerse canto.
—Lo que nace en la raíz no teme al temblor —dijo Mencía, con la voz más honda que el río.
Teresa alzó la mirada, los labios entreabiertos, los dedos dentro de su mentora.
—Lo que tiembla, florece —susurró.
La frase no estaba en ningún pergamino. La repitieron juntas. Una vez. Luego otra. Y cada vez que la decían, sus cuerpos respondían, como si las sílabas activaran una memoria más antigua que el lenguaje.
El mundo se estrechó en el pulso de sus dedos, en el barro húmedo bajo las rodillas, en el eco de esa frase que se volvía rezo, invocación, conjuro.
Se tocaron más fuerte. Más lento. Más profundo. Hasta que los ojos se les cerraron y dejaron de saberse dos. Hasta que la noche se deshizo en un temblor sordo, y el cuerpo dejó de ser cuerpo para convertirse en tierra, en raíz, en flor.
Nunca recordaron qué pasó después, solo el calor que seguía latiendo entre las piernas. El eco de un nombre ancestral que no recordaban haber dicho. Y la certeza, más honda que el río, de haber cruzado algo que ya no tenía regreso.
Al amanecer, antes de volver a su tienda, se deslizó lentamente hasta el río para limpiar los restos de barro seco de su piel. Allí, en silencio, volvió a llevar sus dedos hasta su sexo. Esta vez no estaba bajo el influjo del ungüento de Mencía. Fue una forma de decirle al agua del río y al bosque que ahora ella era parte de ellos.
Se tocó como había aprendido la noche anterior, pero con una conciencia nueva. No buscaba repetir el gesto, sino recordar lo que había despertado y, esta vez, no paró hasta que el clímax le arrancó un suspiro sordo que se perdió en el río.
Esa misma noche, ya junto al fuego del campamento, Mencía se le acercó. No llevaban palabras preparadas.
—Anoche no fallaste —dijo—. Anoche escuchaste.
—¿Y mañana? —preguntó Teresa, en voz baja.
Mencía miró el fuego, luego su espalda.
—Lo importante es que recuerdes cómo se siente. No lo que hiciste.
Teresa asintió. Sentía aún el trazo invisible de sus dedos sobre la piel y supo que eso, lo que había sentido allí, jamás lo perdería.


Está lectura, remueve algo , dentro de la persona que lo.lee. Al menos a mí me ha pasado. Parece mentira que siendo hombre , lo describas tan bien ❤️🩹
jajaja… Gracias! (creo) 😛